El agua y los nutrientes minerales coexisten en una íntima asociación ya que los iones disponibles para ser asimilados por la planta se encuentran disueltos en la fracción líquida del terreno y son absorbibles gracias al flujo hídrico que discurre a lo largo de la trayectoria terreno-raices-ramas. La transpiración foliar genera la tensión necesaria para la absorción radicular, pero en terrenos áridos la extracción de agua y nutrientes del terreno se vuelve progresivamente más difícil. El fenómeno está agravado por los abonados a base de nitrógeno que favorecen el crecimiento de la parte aérea de las plantas sacrificando el crecimiento radicular. Precisamente por estos motivos un control de la irrigación y del abonado permite modular eficazmente el desarrollo del viñedo y la maduración de las bayas. Un déficit hídrico “aplicado” antes de la formación de los frutos puede reducir el número de racimos y de bayas por racimo sobre todo si se asocia a una reducción de las aportaciones de nitrógeno. El mismo tratamiento durante la post-floración reduce la producción vegetativa y el tamaño de las bayas, acelera la maduración, la coloración de los frutos y la incidencia de las enfermedades. La otra cara de la moneda es que se obtienen uvas con menor contenido de nitrógeno asimilable por parte de las levaduras lo que aumenta el peligro de fermentaciones lentas o incompletas. La delicada relación entre nutrición de la vid y déficit hídrico es un equilibrio que hay que regular con atención. Palabras clave: Vitis vinifera, estrés hídrico, irrigación, nutrición, nitrógeno, transpiración, maduración (Se aconseja la lectura del texto integral. Título original: Deficit Irrigation and Vine Mineral Nutrition)