La aplicación de acolchados orgánicos en el viñedo incrementa la biodiversidad del suelo y mitiga, a largo plazo, su degradación, según demuestra en su tesis doctoral David Labarga Varona. Su investigación analiza también el efecto de otras prácticas agrícolas -como el empleo de distintos portainjertos o el riego con agua ionizada- en los microorganismos (bacterias y hongos) del suelo y del mosto.
Desarrollada en el Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino (ICVV) –en el marco del en el marco del programa de Doctorado en Enología, Viticultura y Sostenibilidad del Departamento de Agricultura y Alimentación de la Universidad de La Rioja– la tesis titulada ‘Estudio del impacto de diferentes prácticas agrícolas en vid sobre la microbiota del suelo y el mosto’ ha sido dirigida Alicia Pou Mir, científica Titular del CSIC, y ha obtenido la calificación de sobresaliente ‘cum laude’ con mención internacional al título.
El papel clave de la microbiota en el viñedo
Actualmente, la viticultura afronta importantes desafíos como el cambio climático, la degradación del suelo o la pérdida de biodiversidad. En este contexto, las comunidades microbianas desempeñan un papel clave en la salud de la vid y en la calidad final del vino. Sin embargo, muchas prácticas agrícolas emergentes se han implantado sin una evaluación detallada de su impacto microbiológico.
«La microbiota no es un elemento aislado, sino la piedra angular de la salud del viñedo y la calidad del vino. Desempeñan un papel crítico al regular la nutrición de la planta, protegerla contra patógenos y participar activamente en la definición de las características organolépticas del mosto y el vino», explica David Labarga.
Impacto de las prácticas agrícolas en la microbiota del viñedo: acolchados orgánicos, portainjertos y riego ozonizado
Esta tesis analiza cómo distintas estrategias de manejo del viñedo influyen en los microorganismos presentes en el suelo, en la rizosfera (la zona en contacto con las raíces) y en el mosto. Evalúa tres prácticas encuadradas en el marco de la agricultura ecológica y regenerativa: la aplicación de acolchados orgánicos (paja, restos de poda y sustrato postcultivo de champiñon) frente a tratamientos convencionales; el uso de cinco portainjertos distintos (1103P, R110, 140Ru, 41B y 161-49C) en condiciones de riego y sequía, y el riego con agua ozonizada.
La investigación se ha desarrollado entre 2019 y 2024, en viñedos de la Denominación de Origen Calificada Rioja situados en Logroño, Aldeanueva de Ebro y Arenzana de Abajo. En total se recogieron 246 muestras de suelo, rizosfera y mosto, cuyo ADN fue analizado mediante técnicas avanzadas de secuenciación genética para identificar tanto los microorganismos presentes como sus funciones.
En el caso de los acolchados orgánicos, «la principal ventaja de su uso es la mejora integral del ecosistema al incrementar la biodiversidad del suelo y mitigar su degradación», señala David Labarga. Los cambios en la diversidad microbiana se observaron a partir del tercer año, lo que indica que sus efectos pueden ser lentos y acumulativos. Además, estos acolchados ayudan a regular otros factores clave como la temperatura y la humedad del suelo.
En el ensayo con portainjertos, el riego fue el principal factor modulador de las comunidades bacterianas. Bajo condiciones de sequía aparecieron diferencias asociadas al genotipo del portainjerto, lo que subraya su importancia en escenarios de estrés hídrico y adaptación al cambio climático.
«No hay un portainjerto ‘mejor’ que otro de forma absoluta –explica el investigador–, sino que cada uno ejerce un impacto moderado y característico sobre la microbiota de la rizosfera. En situaciones de estrés, la planta parece ‘seleccionar’ o promover taxones y funciones microbianas específicas que le ayudan a adaptarse y sobrevivir a esas condiciones adversas».
Sin embargo, el riego con agua ozonizada no produjo cambios significativos en los microorganismos del suelo, lo que plantea dudas sobre su potencial como estrategia sostenible desde el punto de vista microbiológico.
Los resultados muestran que la añada y la localización del viñedo son los factores que más influyen en la composición de bacterias y hongos, por encima de las prácticas agrícolas estudiadas. Aun así, se detectaron efectos específicos, especialmente en el suelo y la rizosfera.
